Pensamiento performativo. De marcha con el osservatorionomade-marseille por Alejandro León Cannock

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Estamos buscando voluntarios que quieran colaborar con nosotros traduciendo al inglés este artículo, si estas interesado escríbenos a colaboratorioarte@hotmail.com

El equipo de Colaboratorio [arte, espacio & movimiento] quiere agradecer a Alejandro León Cannock por su colaboración.

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por Alejandro León Cannock (Plató 7.10) publicado originalmente en osservatorionomade-marseille
fotografías Alejandro León Cannock y José Echenique (Plató 7.10)
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Después de algunas horas de marcha, en medio de ningún lugar, nos detuvimos a beber un poco de agua. Laurent Malone, quien fungía de guía imperceptible aquel día y a quien yo había conocido apenas unas horas antes cuando se inició la jornada, se me acercó: – así qué eres filósofo, me interpeló. Le respondí que sí, con esa incómoda sensación que tengo cada vez que me preguntan por mi profesión. Sin embargo, inmediatamente, para escapar de la etiqueta y deshacerme de la extrañeza que me causa, proseguí: me interesa, le dije, principalmente el rostro práctico, ético, de la filosofía, pero entendido este como una estética de la existencia. Presiento que esto despertó su curiosidad, pues surgía un espacio de complicidad entre los dos: hablar de la ética como una estética es (des)dibujar una línea entre el arte y la filosofía, una línea que pone a cada una de estas disciplinas fuera de sí misma y en contacto con la otra. Y ahí estábamos los dos, en plena calle, afuera; él artista, yo filósofo. No obstante, este inicial acercamiento no fue fácil, pues una incómoda barrera lingüística estaba erigida entre los dos: él francoparlante, yo hispanohablante. A pesar de ello, la comunicación continuó unos minutos más. No recuerdo las palabras exactas que a continuación pronunció, pero sí sus gestos, sus expresiones, y todas ellas interrogaban, de alguna manera, el porqué estaba yo ahí con ellos -aunque mis afirmaciones anteriores algo dejaban entrever-. Mi respuesta fue rápida, urgente, casi instintiva: – me interesa darle una forma plástica a mi pensamiento, intento llevar el concepto a su materialización y hacer de mi reflexión filosófica una vida filosófica. Por eso estoy aquí con ustedes; por eso he querido formar parte de la travesía colectiva que hoy realiza el osservatorionomade-marseille.

Mi aproximación a la historia de la filosofía, a autores como Friedrich Nietzsche, Henri Bergson o Gilles Deleuze, me ha permitido comprender la importancia de producir un pensamiento que supere el entumecimiento de la fría abstracción conceptual, que rompa con el orden la representación discursiva y que, a partir de ahí, esté dispuesto a reconectarse y recuperar las fuerzas de la vida. Un pensamiento cinético, nómada, móvil, encarnado, afectivo, experimental, en fin, vital. Pero, ¿cómo producirlo?, y ¿cómo llevarlo a la práctica? Acá la referencia a la póiesis y a la praxis es clave. A Karl Marx, por supuesto. Pues, muchas veces creemos que hablar del pensamiento en movimiento es suficiente, como si hablar de la libertad fuese lo mismo que ser libres; como si no nos hubiésemos pasado mucho tiempo ya interpretando el mundo en vez de transformándolo. Nada más triste que los engaños perpetrados por el intelecto para alejarnos (¿protegernos?) de nosotros mismos, de la realidad. De acá que al intentar producir y activar un pensamiento cinético, debamos, justamente, evitar que el movimiento del pensar sea un falso movimiento, es decir, uno que se dé solo al nivel del concepto o de la idea, y que deje de lado el ámbito de los afectos y de los perceptos. En otros términos, el movimiento no debe ser solo mental, sino corporal; no debe ser solo de nuestras representaciones, sino de nuestras experimentaciones. Como señalaba Deleuze enfáticamente: la multiplicidad no solo hay que pensarla, ¡hay que hacerla! Siguiendo esta sugerencia deleuziana, de nada nos sirve, como insinuábamos líneas arriba, un pensar que solo reflexione sobre la vida si es que nunca llegamos a alcanzar uno que cree efectivamente al menos una vida. Por ello, el filósofo -¡todos!- debe, alguna vez en la vida, dejar el libro de lado, cerrar la biblioteca, ponerse las botas y salir a la calle. Pues, ¿cómo defender el devenir heraclíteo, el nomadismo deleuziano, el vitalismo nietzscheano, si uno mismo, en su propia existencia, no materializa, no hace plásticos estos conceptos? ¿Cómo ser filósofo sin llevar una vida filosófica? ¿Qué honestidad podríamos defender? Aunque hayamos comprendido en este punto la urgencia de pasar al acto y de, siguiendo a Diógenes el Cínico, filosofar performativamente, la cuestión instrumental se mantiene: ¿cómo producir y activar esta performance, cómo darle una forma plástica al pensamiento? La marcha, por ejemplo, es una manera de hacerlo.

Aquel sábado 9 de octubre del 2010, el osservatorionomade-marseille nos ofrecía esta posibilidad. Abría ese espacio de realización a quienes estuviesen interesados en darle una forma material concreta a su existencia; a quienes, cansados del sedentarismo, del conformismos y de la pulsión de muerte que se expresa a través de ambos, deseasen apropiarse de la ciudad, de la calle, del territorio, para desplegar una travesía ciertamente transgresora, aunque al mismo tiempo casi imperceptible. Transgresora, pues no transitaríamos las calles por las rutas establecidas: veredas, pasajes abiertos al público, avenidas, parques, plazas, etc.; por el contrario, avanzaríamos según cómo el humor del paisaje, la psico-geografía y nuestro propio deseo -complejo en tanto múltiple y colectivo, pero también individual- nos fuesen empujando, dirigiendo. No respetaríamos, en este sentido, códigos y normas trascendentes que, de forma anticipada, buscasen predeterminar el camino que deberíamos haber seguido en tanto transeúntes. Sin embargo, este carácter transgresor de la marcha no tenía por qué ser necesariamente alborotado, escandaloso o violento; de ahí que lo califique, aunque parezca paradójico, como imperceptible. A pesar de que formábamos un grupo de más de 15 personas, nuestra sutileza al desplazarnos, nuestra dulce manera de apropiarnos de los espacios, nuestra tranquilidad al surcar la tierra, hacían de nosotros algo así como un falso grupo de turistas perdido en espacios de la ciudad poco apropiados para cualquier circuito turístico. En no-lugares, según la terminología de Marc Augé. Difícil que algún espectador asombrado de vernos caminar entre unos matorrales olvidados o por los túneles a medio construir de una autopista abandonada hace muchos años, pudiese definir exactamente qué era lo que estábamos haciendo. Este carácter incógnito, ambiguo, indefinido, nos servía como máscara y, al mismo tiempo, como carta de pase para transitar y transgredir, pero con la tranquilidad que nos daba una cierta inocencia en nuestro deambular por Marsella.

Iniciamos la marcha a las 10 de la mañana de un sábado soleado de octubre, en el Obelisco de Mazargues. La única “certeza” -entre comillas, pues no era un deber si no un deseo- que el grupo tenía, ya que casi todo era incierto -incluso nuestras identidades, porque era la primera vez que la mayoría nos encontrábamos juntos en ruta- era llegar, algunas horas después, al Teatro de Merlan. ¿Cómo lo haríamos? Caminando, evidentemente. ¿Qué ruta seguiríamos? Esto no estaba previsto, pues tal vez una de las consignas más importantes de la marcha sea la construcción colectiva, espontánea y tentativa de la ruta que nos permita desplazarnos poco a poco por la ciudad hasta llegar, de una u otra manera, al punto deseado. Por ello, si bien teníamos un objetivo final que hacía que la marcha no fuese una deriva absoluta, lo que no teníamos era un camino trazado. Esto le daba a la travesía ese carácter experimental, abierto, rizomático, constructivista, vivo, tan necesario para reconectarnos con las fuerzas e intensidades de la existencia, de la calle; pero, sobre todo, clave para enfrentarnos a las potencias que se apropian de nuestro pensamiento cuando este sale de sí mismo para encontrarse/chocarse con su afuera: la materia en devenir.Según lo dicho, ¿cuál puede ser la gran diferencia entre caminar sin mapa y caminar con mapa? O, haciendo extensiva la pregunta a la existencia en general, ¿cuál es la gran diferencia entre vivir sin mapa y vivir con mapa? Podemos retomar acá, como simple indicación, aquella bella y perturbadora frase que Nietzsche nos dejó al inicio de Más allá del bien y del mal: los hombres, dice el filósofo, prefieren aferrarse a una sola certeza antes que entregarse a un mar de posibilidades. Podríamos decir, apropiándonos de esta idea, que los hombres prefieren vivir con un solo mapa, ya trazado con rutas y lugares claramente conocidos, que construir, día a día, paso a paso, acontecimiento a acontecimiento, su propia cartografía existencial… su propia vida como una obra de arte. Es evidente que la tendencia humana se dirige siempre hacia la seguridad del mapa construido o del calco: representa nada más y nada menos que el calor del hogar, lo ya-sabido, lo ya-dado, lo ya-ahí. Lo mismo. En cambio, la cartografía abierta, el mapa tentativo, el territorio desconocido, es como encontrarse en medio del frío desierto; expresa lo ajeno, lo peligroso, lo marginal. La diferencia. Y es esto último lo que la marcha realizada aquella mañana buscaba, y lo que nosotros, caminantes esporádicos, ajenos, deseábamos encontrar, cada uno movido por sus propias razones, pero conectados por la base: atravesar la calle para ponernos fuera de nosotros mismos, descentrarnos para empezar, tal vez por primera vez, a ver.

Así, de la experiencia vivida aquel día puedo concluir o re-confirmar que transitar una ciudad a pie, sin ruta previamente determinada, esto es, derivar, errar, deambular -como nos lo enseñaron los situacionistas con Guy Debord a la cabeza-, es una manera anti-representacional de apropiarse del mundo. Sin mapa, sin guía, sin indicaciones anticipadas e imperativas sobre aquello que debe ser esperado, encontrado, visto, oído, dicho, tocado, sentido, percibido, experimentado, finalmente, pensado, los caminantes nos entregamos aquel día durante más de 6 horas, en cómplice agenciamiento -aunque también por momentos silenciosos y acompañados nada más que por nuestra propia sombra-, a un devenir-urbano que nos abrió y nos empujó hacia el afuera de nuestros hábitos y costumbres, que nos permitió fundirnos con la inmanencia de la calle -¡de la vida!-, es decir, con las singularidades diferenciales, múltiples y heterogéneas del espacio-tiempo que habíamos comenzado a hacer nuestro.Esta fue, sin duda, una excelente manera de hacer una experiencia, tal vez pequeña y transitoria pero, al mismo tiempo, iniciática para algunos y re-afirmativa para otros. Acontecimiento que, como toda auténtica experiencia, nos ayuda a dejar de reconocer, repetir y representar aquello a lo que nos hemos acostumbrados normalmente. Aquel día, por tanto, quienes formamos parte de la “máquina de marchar” producida y activada por el osservatorionomade-marseille empezamos a movilizar nuestro pensar y no solo a pensar el movimiento. Solo gracias a esta re-vitalización del pensar -a la que bien podríamos llamar cinética del alma o simplemente cuerpo- podremos aprehender, recuperar y volver a creer en el mundo. Gracias a esto realizaremos, en palabras de Deleuze, una conversión inmanente de la fe.

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