“Outsider” del artista Toño Nuñez

Estamos buscando voluntarios que quieran colaborar con nosotros traduciendo al inglés este artículo, si estas interesado escríbenos a colaboratorioarte@hotmail.com

 

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por Alfonso Castrillón, crítico de arte*

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LA PROPUESTA DE JOSÉ ANTONIO NUÑEZ**

La discusión teórica sobre arte más importante de los años cuarenta fue sin duda la polémica sobre el abstracto en Lima. Los intelectuales de esa época emplearon su ingenio en debatir sobre un tema que, pensándolo bien, era ajeno a nuestra realidad: la abstracción moderna se había originado en Europa, aunque en nuestras culturas precolombinas teníamos muy buenos ejemplos de ella, pero terminó conquistando a buena parte de los pintores  de la generación del cincuenta.

Otra polémica notable fue la que por los años setenta se originó a raíz del otorgamiento del premio a Joaquín López Antay, artista (llamado artesano por el stablishment), que armó gran revuelo porque nunca se había discutido antes sobre la teoría del arte popular en nuestro medio y sobre el tema existían todavía una serie de prejuicios, especialmente raciales.

Han pasado muchos años desde entonces y hoy la distinción entre el arte mal llamado culto y el arte popular no tiene sentido. Pasó de moda la no figuración y los jóvenes comenzaron a buscar otras fuentes en los repertorios populares urbanos. Lima de los ochenta había cambiado y se había convertido en una especie de crisol donde se juntaban todas las tradiciones, creencias, músicas y colores. No voy a dar cuenta aquí de este mestizaje cuando hay connotados estudiosos que ya lo han hecho; sólo quiero anotar brevemente sobre una propuesta artística que merece ser comentada, no solo por sus aristas polémicas sino por el significado que tiene para nuestra sociedad y su historia.

Outsider (marginado) se titula la muestra que presenta José Antonio Nuñez Landa (1976) en nuestra Galería de Artes Visuales, quien ha tomado como punto de su exploración los íconos populares impresos en stickers pegados en los omnibuses, micros, combis, o pintados en los tapabarros (guardafangos) de los camiones interprovinciales.

Recuerdo haber visto calcomanías desde que era niño. Son una especie de tatuaje efímero sobre la piel de las cosas, un invento de la sociedad de consumo omnipresente, con un repertorio de personajes que van desde el Pato Donald hasta a su opuesto Túpac Amaru. Ni se diga de las Saritas Colonias, Beatitas, San Judas Tadeo y otros santos: presencia de una fe que se invoca en la vorágine del tráfico limeño. Puesto bien ganado lo tienen las calcomanías de chistes donde una despampanante jovencita en minifalda pone de vuelta y media a los alelados pasajeros. Se puede decir que el parque automotor limeño ha creado su propia y variada iconografía, elocuente manera de hacer ver qué siente, piensa y padece esa masa que se moviliza alrededor de la inmensa Lima, por horas y horas antes de llegar al trabajo o a su casa a descansar.

Nuñez ha tomado de los medios motorizados esa iconografía popular y la ha plasmado en gran formato aprovechando los recursos de una técnica sencilla y expeditiva como la serigrafía o el acrílico. El tráfico limeño no sólo es agresivo por las acciones prepotentes y temerarias de los choferes, sino por las ornamentación que estos colocan en la parte posterior de sus vehículos; no sólo te insultan de palabra sino que con las imágenes pintadas en sus tapabarros te están diciendo, “¡No te me acerques  que te muerdo…!”. Estos son los tigres, lobos y serpientes que nos muestran sus fauces abiertas con filudos colmillos que Nuñez  ha tomado y magnificado en acercamientos que salen del marco y enfocan la parte más agresiva.

La “cultura” visual de la calle es agresiva y además desafiante, irreverente y transgresora. Está prohibido orinar en la calle pero, en un guardafango de camión, un niño calato se burla y con mirada cachacienta deja ver el arco perfecto de su fluido al caer en tierra. Te está diciendo: “¡Qué miras, guon!”. Si un taxista te embiste intempestivamente por la izquierda y tú, naturalmente reclamas, saca el brazo por la ventanilla y te muestra el dedo medio y ya sabemos lo que quiere decirte…

Nuñez no copia tal cual las calcomanías sino que las somete a una especie de montaje donde elementos de la realidad se van agregando para connotar mensajes sutiles que el público va descubriendo. Por ejemplo en el cuadro Hawaii 5.0  la escultural sirena de una playa caribeña, entre palmeras y un sol abrazador, deja ver las siluetas del monumento a Pizarro y la catedral de Lima; o en otro, la pin up tablista es amenazada por la ola de Hokusai. Nuñez dispone de un repertorio interminable y echa mano de los íconos populares con discreción; para esto no hay recetas y como en la gastronomía todo depende de la sazón de cada uno. Hay que destacar también la influencia de la tira cómica de cuyo lenguaje ha tomado las superficies de color parejo y extendido, algunas tramas, como puede verse en sus enormes soles. En su caso la denuncia es muy sutil, morigerada por el intenso colorido de sus fondos, donde los íconos se enfrentan en una atmósfera benigna que renuncia al crudo y agresivo lenguaje de la calle  y de las calcomanías originales, pero que resulta el único modo de entrar en  las galerías de exposiciones donde el público sabe leer entre líneas y además tiene la palabra. Escuchémoslo.

ALFONSO CASTRILLÓN VIZCARRA

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*texto que figura en el catálogo de la exposición
**artista egresado de ENSABAP, ganador del ultimo concurso de grabado del ICPNA
fotografias archivo del artista.
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